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Esta autobiografía constituye una síntesis de mi vida que en el mes de marzo de este año arriba a 63 años de pequeños y grandes acontecimientos. He reseñado lo que considero la esencia de mi experiencia vital, los episodios positivos y negativos vividos con intensidad a nivel individual y colectivo, vivencia que espero sean útiles para el conocimiento de la vida real y concreta en el espacio tiempo de mi país ,en especial a las nuevas generaciones del tercer milenio, encargadas de sopesar nuestras experiencias y de continuar adelante en la gran tarea que cumple nuestro pueblo en esta sorprendente época de globalización, adelantos científicos y tecnológicos, pero también de serios problemas en virtud del acelerado crecimiento de la población mundial, el deterioro del medio ambiente y la lucha de las naciones imperiales por mantener su hegemonía sobre los países considerados menos adelantados. Tal es el reto que nos aguarda en un futuro inmediato y espero que esta autobiografía, así como la de todos mis compañeros activadores en el Táchira y demás regiones del país, sea una orientación luminosa en la lucha por lograr una patria próspera y feliz, como lo anheló nuestro padre el Liberador Simón Bolívar.

Un día miércoles 3 de Marzo de 1943, a las 11 y media de la noche, nací en Michelena, población ubicada al norte del Táchira, en víspera de la celebración de la fundación del pueblo de mis amores.

En esos momentos, muy lejos, rugían los cañones de la II Guerra Mundial: alemanes y aliados estaban trenzados en fieros combates en las arenas del desierto. Entre tanto, en el apacible pueblo de Michelena, a las once y media de la noche, del día señalado, doña Sabina García, la comadrona del pueblo, me izaba por los piececitos como una bandera triunfal, diciendo a las presentes: este niño llorón, quizás va hacer cantante. Por escaso margen se equivocó doña Sabina, pues había aterrizado en Michelena, un poeta sideral, un trovador del universo.

Mi madre doña Nieves Roa, me miraba entre lágrimas y sonrisas. Mi padre Don Teodoro Becerra Pérez, muy contento y orgulloso de su nuevo vástago, destapó un botella de “calentado” y de inmediato el dulce aroma del exquisito brebaje se extendió por toda la cuadra del vecindario y a los pocos minutos la humilde y pequeña casa donde nací se plenó de familiares y vecinos para conocer al recién nacido.

Las campanas del pueblo repicaron alegremente para anunciar a todos los paisanos la presencia de un nuevo hijo del pueblo que llevo en mi corazón como una rosa sideral.


MI CASA NATAL

El hogar humilde que me vio nacer tenía al frente una pared de unos diez metros de largo, que remataba con tejas ennegrecidas por la acción del agua y del viento. A la derecha, colindando con la casa de la familia Chacón, había una puerta de madera un tanto picada por la polilla, sin pintar, que daba acceso a la casa. Una vez dentro, había un patio de tierra y a la izquierda sobre el suelo, una larga piedra y ancha, reforzaba el suelo de tierra, donde yo jugaba con mis hermanitos a los pocos años de vida.

Frente al patio de entrada, estaba la sala de recibo al descubierto, que consistía en dos muebles de madera y sofá con su correspondiente mesita sobre la cual descansaba un jarrón de flores que mi mamá las cambiaba a diario.

A unos seis metros de la puerta de entrada, en un pequeño patio, estaba la casa donde nací. Al fondo el solar, con el lavadero de piedra, a donde llegaba un chorro de agua limpia mediante largos canales de maguey abiertos a la mitad. Rodeaba el lavadero el solar con abundantes árboles frutales (naranjos, chirimoyos, mangos, higos, guineos) y caña de azúcar. Al costado derecho de la casa un pequeño jardín de rosas y variedades de matas que alegraban la vista.

La casa tenía una construcción de paredes de arcilla y bahareque, techo cañón de tejas en negrecidas y piso de tierra, paredes cubiertas de litografías de imágenes de santos. En el cuarto donde dormía con mamá, la imagen del Sagrado Corazón de Jesús iluminada con la lámpara de aceite.

En la humilde cocina , un fogón que mamá encendía mediante leña, razón por la que madrugaba a las cinco de la mañana con ella par encender el fogón y tener el desayuno listo a las 6 para poder estar en la escuela a las 7 de la mañana.

HISTORIA DE MI PUEBLO

Michelena fue fundada por el Pbro. José Armando Pérez, el 4 de marzo de 1849. A raíz de un terremoto ocurrido en la población vecina de Lobatera, el Padre Armando subió a la sabana ubicada a pocos kilómetros, donde estableció las bases para una nueva población, le dio el nombre de Michelena, apellido de Santos Michelena, en homenaje a su entrañable amistad.

En verso, expongo esta parte de mi autobiografía:

Génesis de Michelena

Cuando Dios creó el mundo

reservó porción del cielo

un hermoso paraje de pájaros

y árboles

una bocanada de aire puro

y fresco

para un milagro de la existencia.

Giraron siglos y siglos

en la ruleta del tiempo.

Un día a la tierra se estremeció.

De las entrañas de Lobatera

madre tierra y bondadosa

surgió con dolor y amor

la gracia de su hija tan hermosa.

En el temblor del planeta

la gente corrió despavorida.

Huyeron los animales al monte.

José Armando Pérez partió con sus

feligreses

de Lobatera hacia el norte

con fe, voluntad y mirada visionaria

llegó a la Sabana

bendijo la tierra prometida

exclamando: te nombro Michelena

en honor a la amistad.



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